
Hace un par de meses viví la experiencia más enriquecedora de toda mi, hasta ahora, corta vida. Todo empezó como una ilusión… Había oído hablar de un tal ¨ padre Pateras ¨, poco después conseguí su dirección. Tardé varios días en plasmar todos mis sentimientos, mis objetivos y mis inquietudes en la carta que más tarde le envié, carta que os mando junto a este escrito. La carta permaneció muchos meses en mi ordenador, mientras yo me preguntaba si tendría valor para afrontar aquella situación. Fue entonces cuando alguien me dijo que al final no me atrevería a irme. Lo pensé, y el día que hice mi último examen envié la carta. Un par de días después, cuando me estaba subiendo al autobús que me llevaba a mi casa para pasar las vacaciones de verano, recibí una llamada, y era él, el Padre Patera quería que yo ¡yo! fuera a Algeciras, con él. Jamás había sentido la emoción que me embargaba en aquel momento…
En un principio lo tomé como un reto personal, para ver hasta qué punto podía arreglármelas sola en un lugar desconocido, y para lograr "dominar" la empatía, todo ello pensando (quizá un poco egoístamente) en mi futuro profesional.
Tardé bastante en que mis padres dieran el visto bueno a mi "aventura", ¿cómo se le dice a unos padres que te vas sola, a 500km de tu casa, a trabajar en un albergue con inmigrantes, sin saber donde dormirás, únicamente sabiendo que al llegar a una estación desconocida deberás ir a la casa de un hombre al que no has visto nunca en tu vida…? Siete días después de la llamada de Isidoro, yo estaba en la estación de Algeciras y empezaba la experiencia más conmovedora de mi vida.
Me abrió la puerta un chico rumano, Jek, con el que hoy mantengo una bonita amistad. Pero aquel día no me dejo ver su sonrisa y miraba con ojos desconfiados. Me hizo pasar a una sala de espera pequeñita, y sinceramente en ese momento tuve mucho mucho miedo. Pero entonces miré a mi alrededor y vi un cuadro de un perro y un gato que se abrazaban, y me gustó; justo a mi lado había un cenicero lleno de cigarros de la misma marca que fumaba mi abuelo, era su olor…y algo me hizo pensar que él estaba allí conmigo, acompañándome. Entonces llegó Nuria, una mujer catalana de la edad de mi madre aproximadamente, vestida con hábitos de monja y me saludó cariñosamente, me presentó al padre Pateras (el Pater) y me llevó a conocer a los niños. En ese momento supe que todo había merecido la pena y ya no se borró la sonrisa de mis labios hasta el momento de mi despedida.
Nuria se convirtió en mi COMPAÑERA en el sentido más bonito y especial que se le pueda dar a esta palabra. El destino, el espacio y el tiempo quisieron que yo me encontrara con una luchadora que quería cambiar el mundo y se enfrentaba a las injusticias con Amor, eso en lo que nosotras tanto creíamos, independientemente de la ideología, la religión o el color de la piel. Yo le di todo el cariño que pude a esos niños y le prometí a Nuria que jamás dejaría de luchar, que podrían flaquear mis fuerzas pero que mi Voluntad jamás moriría.
Lo que en un principio era un reto personal se convirtió en una de las cosas más importantes de mi vida. Hoy no hay noche que me acueste sin pensar cómo estarán "mis niños", si habrán comido bien o si tendrán frío por la noche… Me pregunto quien le contará cuentos a Sawase, quien le pintará las uñas a Blesy y bailará con ella, o quien abrazará a Asousa mientras ve los dibujos animados, si yo no estoy. Sé que no entendieron que me fuera, no comprendieron por qué aparecí en sus vidas y después desaparecí. Sólo espero que estos momentos sean felices y estén bien.
No pretendo luchar por un mañana incierto, simplemente mejorar las cosas que están en mi mano hoy por hoy. Es difícil quedar impasible después de haber sido testigo del sufrimiento de un niño, es una sensación tan amarga que llega incluso a hacerte sentir cómplice.
Hace tiempo pregunté a las personas de mi entorno sobre algo que les pareciera injusto. La respuesta de una persona, que considero muy especial, me conmovió: "que la vida sea tan corta", respondió. Es, sin duda, una contestación propia de alguien que es feliz. Entonces, pensé que todas las personas debían tener el derecho inalienable de poder contestar de esa manera ante esa pregunta, en resumen, todo el mundo debería tener derecho a SER FELIZ. A pesar del ambiente depravado, aquellos niños parecían ser felices viviendo en la realidad que algunos intentábamos disfrazar.
Dice Paul Morand que al regreso de un viaje nos preguntamos si es la tierra la que ha empequeñecido o somos nosotros los que hemos engrandecido. Yo sin duda llegué "más grande" porque aunque hubo muchos sentimientos contradictorios, aquella experiencia me llenó de amor. No encontré una simple casa de acogida donde trabajar, sino que hallé una familia: Isidoro, el hermano Carlos siempre pendiente de mi alimentación, Aurora siempre de buen humor, Juana que me colmaba de besos, Lucía, Nuria, Julián, Jek, Amalio, Marisa… e incluso Willy (el perro) parecía estar encantado con el hecho de que yo formara parte de esa familia. Éramos personas muy diferentes pero con algo en común: no estábamos conformes con lo que veíamos a nuestro alrededor y queríamos cambiarlo.
Nunca olvidaré que besé, abracé e incluso quise a unos niños que nacieron a miles de kilómetros de mí, en la Cuna del Hambre, allí donde decir que se debe hacer algo "pronto" casi siempre es demasiado tarde. Me resulta increíble leer en algún reportaje que algunas mujeres etíopes han de elegir a qué hijo dejar morir para asegurar la supervivencia de los demás, pero lo que me parece más increíble aún, es ver como el mundo entero parece quedarse impasible ante este drama humano.
Soy consciente de que la solución a este "problema", que nos concierne a todos, es bastante complicada. Existen muchos datos objetivos, por ejemplo se dice que sólo con el presupuesto del diseño de un avión se podría escolarizar a millones de niños. Pero realmente ¿cómo se operativizan estas soluciones? ¿Cómo acabar con la pobreza? Es complicado, y presiento que aquéllos que podrían cambiar esta situación son a quienes menos les interese cambiarla. Y yo me pregunto: aquí sentada, desde mi escritorio, en mi habitación… ¿qué puedo hacer?
De momento me quedaré con el hecho de que al hablar de estos temas, no sólo pensaré en un dato objetivo dado en una charla, en una estadística o en la cara de un niño que vi unos segundos en el telediario, sino que recordaré cada PERSONA de carne y huesos que tuve el enorme placer de conocer.
En el momento de regresar me sentí la persona más egoísta del mundo por volver a mi "vida normal" y dejarlos allí. Pero aunque son pequeños y quizá en un futuro no me recuerden, yo les dije que jamás los olvidaría. Además fue un adiós tan dulce que pareció un hasta siempre, pero en realidad estoy convencida de que fue un hasta pronto.
Irene Viedma Martín